Vivir siempre “temporal”

Hubo un momento de mi vida en el que me di cuenta de algo:
todo era temporal.

El trabajo.
Los pisos.
Las ciudades.
Las personas.

Nada parecía quedarse demasiado tiempo.

Al principio no me molestaba. Incluso me gustaba. Siempre he sido una persona inquieta, con ganas de movimiento, de cambio, de experiencias nuevas. Vivir así tenía algo de aventura, de emoción constante. Nada se estancaba, nada se volvía aburrido. Siempre había algo nuevo por descubrir.

Pero con el tiempo, empecé a notar el peso de vivir siempre en modo provisional.

En mi caso, el trabajo ha sido uno de los mayores ejemplos. He tenido muchos trabajos temporales. Todos, de una forma u otra, tenían fecha de caducidad. Becas, contratos cortos, proyectos que se terminaban. Y vivir así genera una sensación constante de incertidumbre.

Yo lo reconozco, me cuesta mucho no tener certezas. Me cuesta no saber qué va a pasar después. Y cuando todo en tu vida es temporal, esa sensación se multiplica. Siempre estás pensando en el “¿y luego qué?”. Siempre con un ojo puesto en el presente y otro en el futuro.

Lo mismo me pasó con los lugares.

Me he mudado muchas veces. Más de las que puedo contar con los dedos de una mano. He saltado de piso en piso, de ciudad en ciudad, de etapa en etapa. Nunca terminaba de sentir que un lugar era del todo “mío”. Siempre había una caja sin deshacer. Siempre había algo que no valía la pena comprar porque “total, pronto me iré”.

Y aunque ese movimiento constante tiene su parte bonita, también desgasta.

Porque no echar raíces cansa.
No sentirte completamente en casa en ningún sitio cansa.
Vivir con la sensación de que nada termina de asentarse cansa.

También las personas se volvieron temporales.

He conocido a mucha gente en el camino. Personas maravillosas, otras no tanto. Relaciones que duraron poco, vínculos intensos pero efímeros. Momentos compartidos que fueron importantes… pero que no se quedaron.

Y no lo digo desde el juicio. Es parte del proceso. Cuando emigras, cuando te mueves, cuando todo cambia constantemente, los vínculos también se ven atravesados por esa inestabilidad. A veces conectas desde la necesidad, desde la soledad, desde el momento vital en el que estás. Y cuando ese momento pasa, la relación también.

Durante mucho tiempo viví así. Y en cierta forma, lo normalicé.

Hasta que un día me cansé.

Me cansé de que todo tuviera fecha de caducidad.
Me cansé de no saber dónde estaría en seis meses.
Me cansé de no sentirme arraigada a nada.

Ahí entendí algo importante:
el movimiento es maravilloso, pero también lo es la estabilidad.

No se trata de elegir uno u otro para siempre.
Se trata de escuchar en qué etapa estás.

Yo necesitaba, por primera vez, quedarme. Construir. Apostar. Echar raíces, aunque diera miedo. Dejar de vivir todo como algo pasajero y empezar a crear algo más duradero.

Y no fue fácil. Porque cuando te acostumbras a lo temporal, la estabilidad también asusta. Comprometerte con un lugar, con un trabajo, con una persona, con una vida más estable implica soltar la huida constante.

Pero también trae calma.

Hoy miro atrás y entiendo que esa etapa de vivir siempre “temporal” me enseñó mucho. Me hizo flexible, resiliente, adaptable. Pero también me mostró mis límites. Me enseñó que incluso las personas más aventureras necesitamos, en algún momento, sentir que estamos en casa.