La parte silenciosa de emigrar

Emigrar ha sido una de las decisiones más importantes de mi vida. Y también una de las más difíciles.

"Hay días en los que esa distancia pesa más. En los cumpleaños, Navidad, Año Nuevo… momentos en los que sabes que todos están juntos… menos yo."

"Emigrar no es solo cambiar de país.
Es aprender a vivir con la ausencia, mientras se construye algo nuevo."

No lo digo desde el victimismo, ni mucho menos. Emigrar me ha dado muchísimo, he crecido, he aprendido, he madurado. La mujer que soy hoy no sería la misma si me hubiera quedado en casa. He vivido experiencias increíbles, he conocido lugares que nunca imaginé y he desarrollado una independencia que antes no tenía.

Siempre he sido así, inquieta, curiosa, con ganas de moverme, de descubrir, de comerme el mundo. Emigrar, en muchos sentidos, fue seguir ese impulso natural que siempre tuve.

Pero hay una parte de emigrar de la que se habla poco.
Una parte silenciosa.

Porque no todo es crecimiento, viajes y experiencias nuevas.
También hay ausencia.

En mi caso, estar lejos significa estar a más de 8.000 kilómetros de casa, al otro lado del océano. Significa no tener a mi mamá cerca. Y para mí, mi mamá es hogar. Es la persona que más quiero en el mundo. La que me cuida, la que me ama sin condiciones, la que siempre está.

Emigrar también es no tener sus abrazos cuando más los necesito.
No comer su comida.
No escuchar sus regaños.
No poder meterme en su cama calientita cuando todo se desordena.

No estar con mis perros (Rocky y Lucas)
No tener ese lugar al que vuelvo sin pensar cuando algo va mal.

Y duele.
Incluso cuando se está bien
Incluso cuando se elige esta vida.

Porque se puede estar cumpliendo un sueño y, al mismo tiempo, sentir un vacío. Se puede estar agradecida y aun así sentirse sola. Ambas cosas pueden coexistir.

A mí me pasó muchas veces.

Y cuando una se siente vulnerable, lejos de su red de siempre, intenta llenar esos vacíos como puede. Cada persona lo hace de una forma distinta. En mi caso, hubo momentos en los que busqué refugio en personas, en vínculos, en sentirme acompañada. No desde el amor sano, sino desde la herida. Desde la necesidad de sentirme cuidada, validada, protegida… como lo haría mi familia si estuviera cerca.

Con el tiempo entendí que no era falta de amor propio.
Era soledad.
Era desarraigo.
Era aprender a sostenerme sola.

Porque emigrar también significa esto:
las decisiones recaen solo en ti.
Cuando algo va mal, no hay nadie que venga a rescatarte físicamente.
Tu familia puede apoyar desde lejos, pero el día a día lo enfrentas tú.

Los problemas de dinero.
Los trámites.
Las rupturas.
Las mudanzas.
Las crisis personales.

Todo eso lo atraviesas contigo misma.

Y eso, aunque te haga fuerte, también cansa.

Por eso creo que es importante hablar de esta parte silenciosa de emigrar.
No para asustar a nadie.
Sino para normalizarla.

Y eso, aunque no siempre se vea, también forma parte del viaje.

Fotografío lo que se siente antes de que desaparezca. Viajo para comprender. Escribo porque algunas cosas no caben en una foto.

Ale Guillermo