El día que el tiempo dejó de sentirse infinito
El día que el tiempo dejó de sentirse infinito
── A L E G U I L L E R M O ──
Yo lo recuerdo en las navidades familiares. La mesa llena de platos, mis primos y yo corriendo por toda la casa, el olor de la comida impregnándolo todo lentamente mientras mis tíos se quedaban horas echando el chisme, riéndose fuerte y contando historias que seguramente ya habíamos escuchado mil veces.
Y mi abuela ahí.
Uniéndonos a todos sin siquiera intentarlo.
Y lo más bonito era eso: nadie tenía prisa.
Nadie miraba el reloj.
Nadie hablaba de productividad.
Nadie estaba pensando en el día siguiente mientras todavía vivía el presente.
Todos estábamos ahí. De verdad.
Las tardes parecían eternas. Las sobremesas no terminaban nunca. Había tiempo para repetir comida, para escuchar historias, para reírnos por cualquier tontería y para quedarse simplemente existiendo juntos.
El tiempo, en aquel entonces, se sentía generoso.
Y quizá por eso duele tanto crecer, porque un día te das cuenta de que algo cambió. Sin previo aviso. Sin una despedida clara. Sin que nadie lo dijera en voz alta.
Simplemente pasó.
Las reuniones empezaron a durar menos.
La gente comenzó a irse temprano.
Los teléfonos aparecieron sobre la mesa.
Las conversaciones se volvieron más cortas.
Y la vida, no sé en qué momento, empezó a correr demasiado rápido.
De repente tienes 27 años y sientes que hace nada tenías 19. Recuerdas perfectamente cómo eras, qué soñabas, dónde estabas. Puedes cerrar los ojos y volver ahí en segundos. Y entonces te das cuenta de que han pasado años enteros. Y lo más extraño es que no sabes en qué momento pasaron tan rápido.
Creo que una de las cosas más raras de crecer es empezar a sentir el tiempo casi físicamente. Sentir cómo se escapa. Cómo las semanas se convierten en meses y los meses en años sin darte tiempo a digerir nada. A veces apenas estoy entendiendo algo que me pasó… y la vida ya me está empujando hacia lo siguiente.
Todo ocurre demasiado rápido y quizá por eso el tiempo se siente tan fugaz. Porque casi nunca estamos completamente presentes.
Hay un momento en la vida en el que el tiempo deja de sentirse infinito.
Cuando somos pequeños, ni siquiera pensamos en él. El tiempo simplemente existía. Amplio. Lento. Inagotable.
A veces siento que estamos
sobreviviendo sin vivir
── LA VIDA EN AUTOMÁTICO
→ Contestando mensajes sin leerlos de verdad
→ Trabajando sin saber muy bien para qué
→ Corriendo sin saber exactamente hacia dónde
→ Mirando pantallas sin ver nada
→ Saltando de una cosa a otra sin detenernos realmente a vivir nada
→ Echo de menos cuando las cosas eran más simples. Más humanas. Más genuinas.
─ Lo que más me cuesta
Hay una parte muy dura de crecer que pocas veces se nombra y es darte cuenta de que las personas que amas también envejecen. Entender eso es muy rudo. A veces miro a mis padres y me entra un miedo que ni siquiera sé explicar bien.
Y supongo que ahí entendemos algo doloroso y es que, no somos infinitos.
Cuando somos adolescentes creemos que sí. Pero crecer es empezar a entender que el tiempo tiene peso. Y que precisamente porque todo es tan efímero, duele. Duelen los momentos felices porque pasan rápido. Duelen los abrazos porque terminan. Duelen las etapas bonitas porque un día se convierten en recuerdo.
── LOS INSTANTES QUE QUISIÉRAMOS CONGELAR──
Me gustaría
pausar la vida un momento
💬
Una conversación que fluye sin mirar el reloj
🍽️
Una cena con las personas que más quieres
😂
Una carcajada de esas que duelen el estómago
✈️
Un viaje en el que te sientes completamente viva
🌙
Una noche tranquila sin pendientes en la cabeza
🤗
Un abrazo de tus padres que dure un poco más
─ La presión de tenerlo todo
Y además de todo eso, aparece la presión. La sensación de que ya deberíamos tener la vida resuelta. Una casa. Una pareja perfecta. Un trabajo ideal. Estabilidad. Éxito. Planes claros. Respuestas.
Es agotador, porque la realidad es que muchas veces no podemos con todo y porque cada persona tiene ritmos completamente distintos. Historias distintas. Heridas distintas. Caminos distintos.
He intentado recordarme algo importante últimamente y es que, no existe una edad correcta para tener la vida resuelta. No existe un calendario universal. Cada uno va llegando a las cosas cuando puede, cuando aprende, cuando sana. Muchas veces esa presión ni siquiera existe, es algo impuesto por la sociedad y nada más.
Quizá crecer también consiste en dejar de correr tanto. En entender que no todo tiene que pasar ya y que descansar también es vivir, que quedarse quieto un momento no significa fracasar.
Porque al final, la vida no son solo los grandes logros. También son esos pequeños momentos que casi siempre pasan desapercibidos mientras estamos demasiado ocupados pensando en lo siguiente.
Tener tiempo.
De verdad.
| Tiempo para respirar sin prisa
| Para sentir sin analizarlo todo
| Para llamar a tus padres sin que sea un trámite
| Para tomar un café sin mirar el móvil
| Para existir sin estar produciendo constantemente
| Y quizá el miedo al tiempo nunca desaparezca del todo. Pero quiero creer que aprender a vivir también consiste en hacer las paces con él.
── EL VERDADERO LUJO HOY
Fotografío lo que se siente antes de que desaparezca. Viajo para comprender. Escribo porque algunas cosas no caben en una foto.
Ale Guillermo




